Kerygma

SalmosCapítulo 54

1

Al maestro de coro. Para instrumentos de cuerda. Maskil de David.

2

Escucha oh Dios, mi oración, y no te escondas de mi súplica.

3

Atiéndeme, inclina tu oído. Vago gimiendo y sobresaltado [y estoy turbado]

4

ante las amenazas del enemigo y la opresión del inicuo; se acumulan calamidades sobre mí y me asaltan con furor.

5

El corazón tiembla en mi pecho, y me acometen mortales angustias.

6

El temor y el terror me invaden, y me envuelve el espanto.

7

Y exclamo: “¡Oh si tuviera yo alas como la paloma para volar en busca de reposo!”

8

Me iría bien lejos a morar en el desierto.

9

Me escaparía al instante del torbellino y de la tempestad.

10

Piérdelos, Señor; divide sus lenguas, pues en la ciudad veo la violencia y la discordia

11

rondar día y noche sobre sus muros; y en su interior hay opresión y ruina.

12

La insidia impera en medio de ella, y de sus plazas no se apartan la injuria y el engaño.

13

Si me insultara un enemigo, lo soportaría; si el que me odia se hubiese levantado contra mí, me escondería de él simplemente.

14

Pero eres tú, mi compañero, mi amigo y mi confidente,

15

con quien vivía yo en dulce intimidad, y subíamos en alegre consorcio a la casa de Dios.

16

Sorpréndalos la muerte; vivos aún desciendan al sepulcro, porque la maldad reina en sus moradas [y en ellos mismos].

17

Mas yo clamaré a Dios, y Yahvé me salvará.

18

Me lamentaré y lloraré a la tarde, a la mañana, a mediodía, y Él oirá mi voz.

19

Me sacará sano y salvo de los asaltos, aunque son muchos contra mí.

20

Me escuchará Dios y los humillará Él, que es eternamente. Porque no hay modo de convertirlos, y no temen a Dios.

21

Cada cual levanta su mano contra el amigo, y violan la fe jurada.

22

Más blando que manteca es su rostro, pero su corazón es feroz; sus palabras, más untuosas que el aceite, son espadas desnudas.

23

Deja tu cuidado a cargo de Yahvé, y Él te sostendrá. Nunca permitirá que el justo caiga;

24

mas a ellos, oh Dios, los harás descender a la fosa. No llegarán a la mitad de sus días esos hombres sanguinarios y fraudulentos. Yo, empero, pongo en Ti mi confianza, oh Señor.

Texto: Biblia Straubinger, dominio público.

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