Milicia es la vida del hombre sobre la tierra; como los del jornalero son sus días.
Como el siervo suspira por la sombra, y como el jornalero espera su salario;
así heredé meses de calamidad, y noches de dolor me tocaron en suerte.
Si me acuesto, digo: “¿Cuándo me levantaré?” Mas la noche es larga, y me canso, dándome vuelta hasta el alba.
Mi carne está cubierta de gusanos y de una costra de barro; mi piel se rompe y se deshace.
Mis días pasan más ligeros que la lanzadera, y desaparecen sin esperanza.
Acuérdate de que mi vida es un soplo; mis ojos ya no verán la felicidad.
No me verá más el ojo del que ahora me ve; apenas tus ojos me ven, y ya no subsisto.
La nube se disipa y pasa; así no sube más el que desciende al sepulcro.
No volverá más a su casa, ni le reconocerá su lugar.
Por eso, no refrenaré mi lengua, hablaré en la angustia de mi espíritu, me quejaré en la amargura de mi alma.
¿Soy yo el mar, o algún monstruo marino, para que me tengas encerrado con guardias?
Cuando digo: Mi lecho me consolará, mi cama aliviará mi pesar,
entonces me aterras con sueños, y me espantas con visiones.
Por eso prefiero ser ahogado, deseo la muerte para estos mis huesos.
Tengo asco; no quiero vivir más; déjame, ya que mi vida es un soplo.
¿Qué es el hombre, para que tanto le estimes, y fijes en él tu atención,
para que le visites cada mañana, y a cada momento le pruebes?
¿Cuándo cesarás de mirarme, y me das tiempo para tragar mi saliva?
Si he pecado, ¿qué te he hecho con eso, oh Guardador de los hombres? ¿Por qué me pones por blanco a mí, que soy una carga para mí mismo?
¿Por qué no perdonas mi pecado ni borras mi iniquidad? Pues pronto me dormiré en el polvo; y si me buscas, ya no existiré.”